domingo, 26 de octubre de 2008

CARTA A UNA VIEJA ENEMIGA

Nada estimada y siempre repudiada Soberbia:
Después de mucho tiempo he vuelto a toparme de bruces contigo. ¡Qué desagradable experiencia! Te he visto asomar en los rostros de ¡tan tiernas criaturas! Criaturas que al recibir la desinteresada corrección de quien - aunque sólo sea por albergar la experiencia que los años de ejercicio de la profesión otorgan – tiene estatus de docente, han dibujado en su faz un incomprensivo gesto de desprecio, regalándole a continuación una mirada que fulminaría al mismísimo Titán. Y ese es el resultado de tu tan malintencionado consejo. Ante tal situación uno se encuentra poco menos que inerme y tiene que asistir con tristeza al lamentable espectáculo de aquellos que – creyéndose en posesión de la verdad absoluta, es decir, perfectos en la perfección nunca alcanzable – continuamente se ponen en evidencia y se someten al más absoluto de los ridículos. Y es triste porque uno es consciente de que en realidad no es culpa suya, sino tuya.
¡Qué mala eres! ¡¡¡Que mala!!! Has asentado tus reales en el alma de los más débiles. En el alma de aquellos que queriendo engrandecer sus conocimientos a base de no poco esfuerzo – al menos así me parece – bajan la guardia y te dan ocasión de hacer de las tuyas. Y uno se siente tentado de tirar la toalla. Pero no he de hacerlo.
Tú ya me conoces. Yo también comencé a ser víctima de tus artimañas. Yo también creí saber más que nadie. La vida sin embargo me dio el regalo de encontrar a tiempo a esos seres bienintencionados, sabios, venerables, que con claridad meridiana me mostraron mis abundantes carencias y mis escandalosos errores: mis profesores. La experiencia me costó, no obstante, no pocos disgustos y pataletas. ¿Cómo era posible que después de tanto esfuerzo, y de poner a trabajar mis múltiples potencialidades, todo se viera reducido a un sinnúmero de desaciertos que, lejos de ser validados, tenían que ser corregidos?¿Cómo era posible que no se me rindiese la pleitesía merecida por todos los logros obtenidos después de mi dilatada experiencia como autodidacta? ¿Quién se creía ese "profesorzucho" de "tres al cuarto" que era? ¿Con qué derecho me decía lo que me estaba diciendo? ¿Como osaba corregirme a mí que ya había alcanzado las más altas cotas de la sublimidad? ¡Pobre estúpido Narciso adolescente que no hacía caso al Eco de la experiencia! Afortunadamente recibí el rayo iluminador de la humildad a tiempo que me hizo agachar las orejas y aceptar de buen grado las afectuosas reconvenciones de mis maestros. Y digo bien: maestros, porque no sólo actuaron con el conocimiento que poseen los buenos profesores, sino con la sabiduría que caracteriza a los maestros. Y así me libré de tus afiladas garras, aunque todavía te veo de vez en cuando rondando por mis predios. No he de exponerme nuevamente a tus manejos. Las cicatrices de las heridas recibidas en el campo de batalla me recuerdan lo que permanentemente me estoy jugando. Hace tiempo que me percaté de que se puede aprender hasta del más analfabeto, cuánto más de un colega o de un profesor. Que nadie es despreciable por su ignorancia, ya que sólo tiene un hueco por rellenar. ¡¿Quién soy yo para juzgar el grado de conocimiento ajeno?! Más lamentable es la actitud de aquel que se niega a aprender.
Te conmino a que liberes a esas almas cándidas de tus malas artes y dejes de lastrar sus vidas para que puedan volar libres hacia el horizonte del CONOCIMIENTO y así abandonen ese mundo virtual que hoy habitan, ese espejismo que nunca saciará su sed. No vaya a ser que de tanto mirarse en el estanque terminen, como Narciso, convertidos en flor, aunque marchita.
No me queda sino despedirme, albergando la esperanza (¡que quimera!) de no volver a encontrarme contigo. Ahora bien, que como te vuelvas a cruzar en mi camino no te las prometas muy felices. ¡Que por ahí te pudras!

Nada atentamente: Miguel A. Gutiérrez (Guitarrista)
Baza, Curso 2007 - 2008.