lunes, 16 de agosto de 2010

ALMAS MEZQUINAS

Nunca entenderé a esas personas que disfrutan, o creen disfrutar, haciendo daño de forma gratuita y arbitraria a su prójimo. Personas mediocres cuya alma mezquina está en permanente búsqueda de víctimas para su protervo, su perverso sentido de la “¿justicia?”. Tengo que reconocer que a ese respecto me alivia comprobar que mi natural empatía se inhibe y me impide ponerme en su lugar, lo cual, de hacerlo sin duda me perjudicaría y lastraría como persona.

Os preguntaréis que a qué viene todo esto. En seguida os despejaré la incógnita, no obstante antes he de confesar que me ha costado decidirme a escribir estas líneas, aunque luego determiné que tenía que hacerlo porque de no ser así la “ponzoña” que me fue inoculada días atrás se me quedaría dentro, causándome un grave e inmerecido daño mayor al ya recibido. Comienzo.

Los hechos a los que me voy a referir se enmarcan en las últimas oposiciones (fundamentalmente las de Profesores de Música y Artes Escénicas) celebradas en Andalucía, en las que muchos opositores, la mayoría interinos con muchos años de experiencia y un buen desempeño en nuestra labor docente, hemos sido vilmente atropellados y humillados al ser infravalorados en nuestras pruebas hasta el punto de calificarnos por debajo del aprobado. Uno de los casos más escandalosos, si no el que más, es el de un compositor multi-premiado (no interino, según creo, y cuyo nombre no mencionaré por respeto a su privacidad), al cual sólo conozco por su brillante trayectoria y que a juicio del tribunal de Fundamentos de Composición al que se presentó no merecía ni un aprobado, lo cual vendría a poner de manifiesto, poco más o menos, la “ineptitud” de los miembros de los tribunales de los certámenes internacionales que lo premiaron. ¡A lo mejor es que estaban todos comprados! Se admiten apuestas.

Me referiré ahora a mi caso particular. La mala suerte hizo que en el tribunal se encontrase una persona, si es que así se la puede calificar, que hasta hace dos años se encontraba en la misma situación que yo, es decir, la de interinidad. Con esta persona tuve hace unos años una “fricción” causada por su actitud poco amistosa y nada colaboradora en un momento que para mí resultaba delicado. Concretamente se dio la situación en la cual tuve que asumir al principio de curso el cargo de secretario en el conservatorio en el cual ella había estado el curso anterior. Me encontré con que no había dejado la información suficiente para facilitar el relevo. Bien al contrario. Me vi de repente abocado a hacer una revisión completa de las cuentas de todo un año para poder terminar de cerrar el ejercicio mientras comenzaba a encontrarme presionado por las fechas fijadas por la administración. La cosa no había por dónde cogerla. Parecía hecho adrede. Telefoneé a esta “persona” para pedirle una ayuda razonable: que me facilitase la información necesaria para poder tomar el testigo y salir airoso del trance en el que estaba, a lo que me respondió con un agrio “búscate la vida”. Le quise hacer ver que me estaba dejando en una situación muy difícil porque si el inspector me pedía cuentas…. ¿qué le iba a decir? Y como el que algo teme, algo debe, interpretó mi argumento, que era casi más un ruego que otra cosa, como una amenaza… y, después de espetarme una grosería, colgó. Y a la vista de su posterior actitud está claro que se ha ocupado de alimentar un resentimiento hacia mí del todo desmedido e injustificable.

De buena fuente sé que se dedicó a influir en los otros miembros del tribunal para ponerlos en mi contra y a acordar así las mínimas calificaciones posibles. El objetivo era que no alcanzase el aprobado para que así no se me pudieran sumar los méritos. El mismo procedimiento aplicó a otros hacía los que, no se por qué, también albergaba resentimiento. ¿Será quizá que pensaba que en algún momento podían resultar obstáculos para su fulgurante carrera? No lo sé. El presidente del tribunal es conocido mío desde hace muchos años y me informó de ello, y aunque intentó impedir tales arbitrariedades, le fue del todo imposible. Igualmente me dijo que en su opinión yo había hecho una buena oposición y que no comprendía la razón por la cual esta “persona” me tenía tanta animadversión e iba por mí “a degüello”. De hecho en la prueba de defensa de la programación tuvo la desfachatez de adoptar una actitud menospreciativa y burlona hacia dicha programación y sus correspondientes anexos. Se da la circunstancia que esa programación, para esta ocasión depurada y mejorada, era la misma que presenté en las oposiciones anteriores (que aprobé con una calificación de casi siete y medio, aunque me quedé a unas décimas de conseguir la plaza de funcionario) y fue supervisada por un especialista que la calificó de excelente.

Por lo que se refiere a la prueba escrita la cosa fue, si cabe, más escandalosa, más deplorable. El tema escogido por mí tras el sorteo fue el número dieciséis, cuyo enunciado es el siguiente:
“Tema 16 - Sección 1ª - Características, referidas a la evolución del estilo y de la escritura instrumental, del repertorio guitarrístico de los compositores españoles de la segunda mitad del siglo XX. Nuevos recursos compositivos, formales, interpretativos y de notación. Sección 2ª - Características de la interpretación guitarrística de este repertorio, y problemas técnicos específicos.”

Pues bien, se da la coincidencia de que en el mes de Julio de 1984 asistí como becario al “1er Curso de Interpretación de la Música Contemporánea” organizado por la Asociación de Compositores Sinfónicos Españoles (ACSE) con el patrocinio del Ministerio de Cultura y celebrado en la Universidad Vieja de Salamanca. Igualmente al año siguiente, en el mes de Julio de 1985, asistí como becario al “XVI Curso Manuel de Falla” en Granada que, en la especialidad de Guitarra, también fue sobre la Interpretación de la Música Contemporánea. Pocos meses después, en Noviembre, asistí también al “Curso Internacional de Guitarra Contemporánea” organizado por el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea, que en aquel entonces dirigía el prestigioso compositor D. Tomás Marco, y que se celebró en la “Sala Turina” del Teatro Real de Madrid. Tres años después, en el año 1988, finales de Marzo – principios de Abril, asistí al “I Curso de Guitarra de Luarca – 88”. En todos estos cursos se trabajó la interpretación de la música contemporánea en la guitarra bajo las enseñanzas del colega Flores Chaviano que, como se sabe, es un especialista en estas lides. En particular, en los cursos de Salamanca y Granada se convivió además con los compositores españoles más relevantes. Aún conservó todos los apuntes y las partituras, muchas de ellas fotocopias de sus manuscritos, que se nos facilitaron en ellos. Los autores ofrecieron charlas y se hicieron mesas redondas en las que nos pusieron al corriente sobre sus obras y sus planteamientos estilísticos y compositivos. Durante el transcurso de ambos cursos tuvimos ocasión de conocer a compositores, y convivir con ellos, de la talla de Ramón Barce, Carlos Cruz de Castro, Agustín Bertomeu, Claudio prieto, José María García Laborda, Javier Darias, Francisco Otero, Jesús Villa Rojo, Agustín González Acilu, Antón García Abril, Josep María Mestres Quadreny, Luis de Pablo, etc. De todos ellos, y de otros que no pudieron asistir, trabajamos obras. Como no podía ser de otra forma en estos cursos no fue poco lo que aprendí. Además, a lo largo de mi carrera profesional he venido manteniendo contactos frecuentes con algunos de ellos en una u otra forma, en especial con el que fue mi profesor de armonía José Luis Turina. Con todo ese bagaje y con los contenidos del tema frescos en la memoria, por haberlos leído el día anterior, me enfrenté a la prueba escrita con la impresión de que el hecho de que hubiese salido ese tema en el sorteo era poco menos que un regalo de la diosa Fortuna. Terminé con dolor de muñeca de tanto escribir información correcta, pertinente, relevante y, sobre todo contrastable y verificable. La calificación por parte del tribunal, de cuyos miembros dudo que supieran más que yo sobre el tema (exceptuando al presidente al cual conocí en uno de esos cursos) fue un suspenso. A dictar a sabiendas una resolución injusta se conoce como prevaricar, y si esto no es un acto de prevaricación que venga Dios y lo vea.

Pero como ya dije muchos han sido los perjudicados por las tropelías de personajes como los mencionados más arriba. Entre ellos podría referirme a no pocos compañeros de diferentes especialidades con los cuales he tenido ocasión de trabajar y que, bien lo sé, son excelentes profesionales de la enseñanza. Sólo mencionaré otro caso que es igualmente escandaloso. Es el de una profesora de Historia de la Música de más de doce años de experiencia. Su programación Didáctica fue supervisada por dos Doctores en Musicología. Sus clases las imparte sin necesidad de recurrir a libro de texto dictando apuntes a los alumnos de memoria. Para su tribunal no mereció ni un aprobado.

Estoy seguro de que cualquiera se horrorizaría si se llegase a saber el verdadero alcance de todos los desmanes cometidos por ciertos tribunales (por supuesto no voy a mencionar cuáles, pero tengo constancia de unos cuantos). Con sus dictámenes injustos no sólo han perjudicado a opositores competentes sino a familias enteras,llegando incluso a provocar su destrucción, pero claro eso a ellos les importa un bledo. En la conciencia les quedará, si es que la tienen… que por lo que parece no es así.

De lo que sí que estoy seguro es que tarde o temprano recogerán las tempestades de los vientos que han sembrado. Y si no… el tiempo...

3 comentarios:

FPL dijo...

¿Y no será que con la crisis no quieren contratar ni por casualidad? En la universidad pasa algo parecido, aunque no tan flagrante. Hay orden de no sacar plazas fijas mientras se pueda hacer un contrato alternativo.

Rincón Guitartístico dijo...

No es éste el caso. Estamos hablando de unas oposiciones en las que a quienes además de acumular bastantes años de servicio y méritos abundantes, se nos ha tratado de forma ignominiosa, suspendiéndonos inmerecidamente para que no se nos pudiesen sumar los méritos y así no poder hacernos con nuestra más que merecida plaza de funcionario.

Antonio Francisco Castillo González dijo...

Es lamentable que se den estas actitudes en los tribunales. Una cosa es que no haya convocatorias, que cuando las hay haya pocas plazas, que los presupuestos sean exiguos, etc. (lo cual tampoco es cosa de echar en olvido), y otra que se humille a los examinandos, que llevan años esforzándose en mejorar sus capacidades.
Desde muy joven intuía yo estas cosas y, en parte, por ello trabajé en la empresa privada, cambiando tres veces de profesión (previa realización de los estudios correspondientes) y once veces de empresa. En unas fui valorado y en otras no; pero, al final, me fue bien y acabé trabajando prácticamente para mí mismo, con total libertad y en lo que más me gustaba (la traducción).
Ahora, ya jubilado, estudio solfeo y guitarra por puro placer, y veo que no es nada fácil ni aprender ni enseñar. La teoría la entiendo, pero la práctica ha de ser ardua para poder progresar.
Me alegro de las oportunidades que he tenido, pero el país necesita funcionarios —y buenos— para funcionar bien. Queremos una buena educación para nuestros hijos y nietos, de modo que espero que algún día, mejor pronto que tarde, pueda terminarse con tanta arbitrariedad.
Lo siento por ustedes, que tienen que sufrir estas situaciones y que son los primeros (no los únicos) perjudicados.